Por qué las dietas no funcionan y cómo salir del ciclo de restricción, culpa y compensación
La palabra ‘dieta’ podría definirse como el patrón alimentario, el conjunto de alimentos que se ingieren de forma habitual. No obstante, la población general suele asociar ‘dieta’ a un periodo de restricción alimentaria con el objetivo de bajar de peso.
Recuerdo una vez que pregunté por historias de Instagram qué significaba para ti la palabra dieta, y lo que más se repitió fue: comer aburrido, sufrimiento, restricción de alimentos que me gustan… Vamos, un auténtico suplicio.
Me gustaría que, antes de seguir con el post, te pararas a reflexionar qué significa para ti la palabra dieta. ¿Cuántas has hecho a lo largo de tu vida? ¿Por qué motivo empezabas una nueva?
Si has entrado aquí, es posible que hayas hecho todas las dietas habidas y por haber durante muchos años de tu vida y pienses que ya no sabes qué comer porque tu alimentación varía de un extremo a otro en función de si estás a dieta o no.
Y no te culpes, la cultura en la que vivimos nos empuja a caer en creencias erróneas sobre la salud, a moralizar los alimentos y a pensar que un cuerpo delgado es sinónimo de salud, belleza y éxito.
Además, encontramos dietas para todo: unas restringen al máximo los hidratos de carbono (pasta, arroz, pan, fruta…); otras, las grasas (nada de aceite, todo light, nada de frutos secos o aguacate…) y otras son tan extremas que solo te permiten comer 1 o 2 alimentos durante X días (dieta de la piña, de la alcachofa…). Y aunque sean muy diferentes entre sí, la gran mayoría se basan en restringir y prohibir alimentos, lo que puede acabar empeorando nuestra relación con la comida.
El problema no está en que te falte fuerza de voluntad, el problema es el método que estás utilizando. Y aquí hago un matiz importante: una dieta puede funcionar en el corto plazo. Puedes perder peso restringiendo alimentos o comiendo menos. Pero el problema es que eso no es sostenible ni te enseña a comer de una forma que puedas mantener a largo plazo.
Así que si estás pensando “a mí esa dieta me funcionó porque perdí 10kg”, quizá la pregunta no sea solo cuánto peso perdiste sino cuánto tiempo pudiste mantenerla o cómo te sentías mientras la hacías.
EL BUCLE DE LAS DIETAS
Si has encadenado varias dietas a lo largo de tu vida, seguro que te suena este patrón:
- Empiezas la dieta un lunes (por supuesto para compensar un finde lleno de excesos).
- Estás super motivada: comes todo a la plancha o al vapor, acompañado de verduras (un poco de lechuga, una crema…), nada de hidratos de carbono y cuatro gotas de aceite de oliva para cocinar (o nada). Haces ejercicio a diario; has tirado los dulces que tenías en casa y hasta les has dicho a tus amigas que este finde no vas a salir porque quieres cuidarte. Piensas que esta vez sí que lo vas a conseguir porque vas a portarte bien.
- La primera semana lo haces, porque tienes esa motivación y consigues aguantar el hambre y las ganas de salir a cenar. Te quedas en casa y cenas un poco de brócoli hervido y una pechuga de pollo.
- La segunda semana ya te da un poco más de pereza seguir, pero lo haces porque piensas que, si has podido hacerlo hasta entonces, puedes continuar. Empiezas igual.
- Pero llega el jueves y tus amigas vuelven a escribir. Esta vez te tienta más, no puedes seguir a base de lechuga y pechuga, solo puedes pensar en ese postre que te solías tomar con ellas.
- Decides ir, y entonces aparece el pensamiento de “ya que me lo he saltado, qué más da, de perdidos al río”. Comes alimentos que llevabas días restringiendo y piensas que has perdido el control.
- Después de esto solo quedan la culpa y los remordimientos. Y un pensamiento que seguro conoces: “el lunes vuelvo a empezar”.
¿Te suena?
El problema de este ciclo no suele terminar ahí.
El lunes vuelves a restringir para compensar el fin de semana. Y cuanto más restringes, más difícil se hace mantenerlo. Porque vuelve a aparecer el hambre, un capricho, una cena con amigos o el cumpleaños de tu hijo. O, simplemente, el cansancio físico y mental de estar controlando absolutamente todo lo que comes.
Y la rueda no para:
restricción ➡️hambre y/o deseo de comer➡️ ingesta➡️ culpa ➡️ compensación ➡️ restricción
Y fíjate en esto: hablamos de “portarte bien”, como si comer fuera algo que podemos hacer bien o mal, como si cada comida fuera un examen que podemos aprobar o suspender.
LAS PROHIBICIONES NO FUNCIONAN
Si yo ahora te digo “no pienses en un elefante rosa”, lo primero que te viene a la mente es exactamente eso: un elefante rosa.
Con la comida pasa algo parecido: si dices “no voy a probar un trozo de pastel”, “el pan está prohibido” o “hasta el sábado no pruebo el chocolate”, no puedes parar de pensar en ese pastel, el pedazo de pan o esa onza de chocolate. Y, cuando por fin te das el permiso (puede ser a los 30 minutos o a las dos semanas como en el ejemplo anterior), es probable que acabes comiendo más de lo que realmente querías. Y no es porque ese alimento sea “adictivo” o porque te falte fuerza de voluntad. Puede ser simplemente porque llevabas demasiado tiempo restringiéndolo y sentías que tenías que aprovechar la oportunidad de comerlo.
Cuando un alimento está prohibido, puede dejar de ser simplemente un alimento y adquirir un valor especial. Empiezas a prestarle mayor atención y a sentir que cada oportunidad de comerlo puede ser la última.
No obstante, no es lo mismo prohibirte un alimento que elegir no comerlo. Me explico: si no te apetece chocolate y no lo comes, no hay problema. El problema está cuando dices “no puedo comer chocolate, porque me comería toda la tableta”. Ahí sí que hay que darle una vuelta.
No se trata de que tengas que comer todos los alimentos que existen siempre. Se trata de que puedas elegir qué comer sin sentir que hay alimentos “buenos” que tienes permitido comer y alimentos “malos” que tienes que evitar.
¿Entonces, Clara, qué hago?
Salir de ese bucle no es encontrar una dieta mejor, una dieta que te gusta o una dieta con menos prohibiciones. Para salir del bucle debes dejar de vivir tu alimentación como una alternancia de periodos en los que “me porto bien” y “me porto mal”.
No necesitas compensar una comida con la siguiente, ni hacer mucho ejercicio para ganarte un postre. Tampoco necesitas empezar una dieta un lunes, septiembre o enero. Tampoco necesitas hacerlo perfecto.
Una alimentación saludable no se construye a base de prohibiciones, culpa y compensaciones, sino aprendiendo a comer de forma suficiente, variada, flexible y sostenible.
Porque el objetivo no es encontrar una dieta que consigas mantener toda tu vida. El objetivo debería ser dejar de necesitar una dieta.
Si te has sentido identificada con este bucle y estás cansada de empezar de nuevo cada lunes, quizá no necesitas otra dieta. Necesitas dejar atrás la restricción y aprender a construir una alimentación que puedas mantener sin vivir constantemente entre el “me porto bien” y el “me he pasado”. Si quieres hacerlo acompañada, escríbeme y estaré encantada de ayudarte 😊
